Aquellas chicas estaban tan contentas,
arrancando las ramas, abrazando sus
atrevidos ramos, sus suntuosos ajuares,
los pétalos calientes de las flores mojadas….
Tu mirada fija….Tus ojos iluminados de nuevo
por el color.
Ted Hughes *

Vivimos en un atravesar de pasillos, subiendo escaleras, abriendo cajas del desván, proyectando diapositivas amarillentas, mordidas. Un reordenar de la vida en etapas, ritmos, intensidades para evocar el paraíso perdido, aquel de la infancia.
Nada mas real que haber habitado en ese espacio. En ese hueco donde se gesto una matriz, un núcleo que fue imprimiendo aquello que le fue dado y aquello que fue adquiriendo. Como un tren que pasa por un largo camino, sin detenerse, arrojando impetuosidad e incrustando universos microscópicos. Paisajes, colores, olores, sensaciones, personas, fantasmas, rincones fueron algunos de los distintos escenarios, por allí con un caballito de madera ruidoso, un triciclo oxidado, unos osos de felpa con orejas roídas, vestiditos con margaritas, miniaturas de tazas de porcelana con teteras estampadas, habitamos.
La inocencia, el desconocimiento, nos abrían la puerta del gran mundo donde los mas grandes aseguraban lo tangible, lo real cotidiano. Existía, también, el doble de la cara de la moneda. Hubieron quienes tuvieron una madre generadora de poiesis*, una madre que retrazaba la realidad, definida por excelencia con el gris, con velos del color de la alquimia. La mama de Carolina, en un departamento de Buenos Aires había creado un jardín de nieve donde ponía a sus hijos a contemplar las estepas Rusas, los sentaba en un trineo, sillas del salón, y sin saberlo, aunque si lo supo mas tarde- los llevaba directamente al país de lo no convencional, de la fantasía, de la ruptura con lo opaco.

Allí Carolina fue aprendiendo la belleza y la inestabilidad de la belleza, la aventura y la desolación de la aventura. Sin saber iba tejiendo, iba captando lo que mas tarde volcaría en la tela. Todo aquello que se fue guardando, imprimiendo, fue por la gracia de la creación, la celebración del deseo. El arte es esa celebración dionisiaca, la posibilidad de unir ciertas piezas sueltas del pasado trayéndolas al presente. Esas piezas sueltas ,en la muestra, estan constituidas por el material fotográfico tomado por la familia, mas los paisajes que pintaba su abuelo Demetrio. En ese collage se conjuga en pasado, un intrincado tejido relacional y estético.

Pero el tiempo que utiliza, como titulo para alguno de sus cuadros : es el imperfecto. Tiempo en que algo filtra, pasa por una especie de ranura, espacio donde fuga y plasma la experiencia, lo vivido que deviene lo vivenciad. Algo quedo atrapado en el tiempo y es siempre una evocación que por capricho el pasado trae al presente… En esa alianza de tiempo y espacio van desfilando los personajes de Carolina en un fondo de figuras circulares con colores múltiples, con colores de arco iris. Estan fijos, nos invitan a pasar a su « domus », la morada definitiva que los alberga. Ese espacio doméstico donde conjugan perdida y deseo.
Los personajes estan vivos, estampados, atrapados, como en una fotografía. Constituyen Vacío extremado, Objeto dependiente, Proyecto discontinuo, Fobia, Púber, Felicidad utópica. Son mas, muchos mas. Son el espacio constituido como lugar de encuentro para que visitemos la casa grande que gesto Carolina, mansión con múltiples recamaras. Espectadores, nos quedamos en el umbral, observando fascinados a los personajes que transitan con el rostro sin trazos, protegiendo, resguardando de este modo la identidad y sus emociones. Solo Orfeo vio el rostro de Euridice –cuando ella habitaba la muerte-, al darse vuelta violo la consigna de Hades –dios del inframundo- perdiéndola así definitivamente. En la obra de Antoniadis, la ausencia de trazos en el rostro es una suerte de salvación, de preservación de una mitología personal. Los personajes guardan su luz, logrando acceso directo a su lugar en el paraíso perdido, ahora recuperado. Imperfecto. Se convierten en universales porque podemos reflejar nuestros propios deseos.

La tela blanca me evoca indisociablemente a la nieve, nieve en la que podemos imprimir el aullido y la rosa abierta al rojo, podemos imprimir el miedo y el asombro. Se puede abrir el blanco sin limites, se puede depositar sobre ella la memoria. Esa gran casa, la identidad.

París, 1 de marzo 2006
Vivian Lofiego

*poiesis: palabra griega que define poesía como creación
*Ted Hughes, Birthday Letters

 

Por Vivian Lofiego